¿Por qué nos comparamos?

Alto o delgado, rubia o morena, con título universitario o no, trabajo y remuneración, número de idiomas que habla, años de matrimonio, número de hijos…cualquier motivo es susceptible de ser comparable. En muchas ocasiones, nos medimos o evaluamos en función de la persona que tenemos al lado.

¿Por qué lo hacemos? ¿Por qué esa necesidad de ser más o menos que el amigo, la compañera, el vecino o la pareja? ¿Por qué competir o compararnos cuando nos genera más sufrimiento que satisfacción?

El poder de lo grupal

Aunque vivimos en una sociedad cada vez más individualista, siempre terminamos buscando el calor humano y cultivar las relaciones, pues es lo que da sentido a nuestra vida.

La importancia de pertenecer es algo que sentimos desde que somos niños. Queremos pertenecer a la familia, a la escuela, al grupo de amigos, al club de deporte, al vecindario, etc. Quedarnos fuera es muy doloroso y se despierta la herida de rechazo y abandono que nuestro niño interior tanto sufre.

Cuando tú y yo no queremos lo mismo

Duele sentir cariño por una persona y que no sea correspondido, duele cuando crees que estás en lo mismo que el de enfrente y parece ser que no. Quizá lo más doloroso es habernos hecho a la idea de que sí estábamos en lo mismo. El ideal, la expectativa o como le llamo yo “el cuentito que nos contamos”.

¿Por qué sucede eso? ¿Es falta de comunicación? ¿Son expectativas? ¿Es dar por supuesto algo no hablado?